Por Miguel A. Altieri (Traducido por Ana María Quispe, dietista, ecóloga) Monthly Review, July-August 2009
[Miguel A. Altieri es profesor de agroecología de la Universidad de Berkeley California y es autor de numerosos artículos y libros en agroecología. El ha ayudado a coordinar programas de agroecología en Latinoamérica y otras regiones de las Naciones Unidas y Organizaciones no Gubernamentales]
Fuerzas globales están retando la habilidad de los países en desarrollo de alimentarse. Un número de países ha organizado sus economías en torno a un sector agrícola competitivo orientado a la exportación, basado principalmente en monocultivos. Se puede argumentar que las exportaciones agrícolas de cultivos como la soya de Brazil, contribuyen significativamente a las economías nacionales, generando divisas que pueden ser usadas para comprar otros bienes que provengan del extranjero. Sin embargo este tipo de agricultura industrial también genera una variedad de problemas económicos, de medio ambiente y sociales, incluyendo impactos negativos en la salud pública, en la integridad del ecosistema, en la calidad de los alimentos y en muchos casos la disrupción de las tradicionales vidas rurales, acelerando el endeudamiento de miles de agricultores.
La presión cada vez mayor hacia una agricultura industrial y globalizada -con énfasis en cultivos de exportación, recientemente cultivos transgénicos, y con la rápida expansión de cultivos dependientes de biocombustibles (caña de azúcar, maíz, soya, palma aceitera, eucalipto, etc.) – está transformando la agricultura mundial y los alimentos con potencialmente severos impactos y riesgos económicos, sociales y ecológicos. Esta transformación está ocurriendo en medio de cambios climáticos que se estima tendrán profundos efectos en la productividad de los cultivos, principalmente en las zonas tropicales de países en desarrollo. Riesgos incluyen inundaciones en zonas bajas, mayor frecuencia y severidad de sequías en zonas semiáridas, condiciones excesivas de calor, las que pueden limitar la productividad agrícola.
Globalmente, la Revolución Verde, mientras aumenta la producción de los cultivos, ha demostrado ser no sustentable a la vez que ha dañado el medio ambiente causando la dramática pérdida de la biodiversidad y la asociada sabiduría tradicional, favoreciendo a los agricultores ricos y sumiendo a los pobres en profundas deudas (1). La nueva Revolución Verde propuesta para África a través de la multi-institucional Alianza de la Revolución Verde (AGRA), parece destinada a repetir el trágico record dejado por las milagrosas semillas dependientes de fertilizantes en Latinoamérica y Asia, incrementando la dependencia en insumos externos y variedades de plantas protegidas por patentes que el pobre agricultor no puede adquirir (ej. el costo de fertilizantes ha subido el 270 por ciento el año pasado) y en ayuda extranjera (2).
Ante estas tendencias globales los conceptos de soberanía alimentaria y los sistemas ecológicos de producción han ganado mucho interés en las últimas dos décadas. Nuevos procesos y tecnologías que implican la aplicación combinada de la ciencia agroecológica moderna y la sabiduría de sistemas ancestrales encabezada por miles de agricultores, ONGs, y algunas instituciones gubernamentales y académicas, han demostrado optimar la seguridad alimentaria, conservando las fuentes naturales, la biodiversidad, la tierra y el agua en cientos de comunidades rurales de diversas regiones (3). La ciencia de la Agroecología, la aplicación de conceptos y principios ecológicos en el diseño y manejo de eco-sistemas agrícolas sustentables, proveen un marco para evaluar la complejidad de los agro-ecosistemas. Este enfoque se basa en mejorar el hábitat tanto en la superficie y en el suelo para producir plantas fuertes y saludables promoviendo organismos beneficiosos que a la vez contrarresten las plagas (maleza, insectos, enfermedades y nematodos) (4).
Por centurias, la agricultura de los países en desarrollo se construyó sobre las fuentes locales de tierra, agua y otros recursos, así como de las variedades locales y la sabiduría nativa. Esto ha nutrido biológica y genéticamente la diversidad de las pequeñas granjas, construyendo un poder de restauración que les ha ayudado a ajustarse a los rápidos cambios climáticos, plagas y enfermedades (5). La persistencia de millones de hectáreas agrícolas bajo el manejo ancestral y tradicional en terrenos levantados, terrazas, policultivos (con un número de cultivos que crecen en un mismo lugar), sistemas agroforestales, etc., es muestra de una exitosa estrategia ancestral y constituye un tributo a la creatividad de los agricultores tradicionales. Este micro-cosmos de agricultura tradicional ofrece modelos promisorios para otras áreas, pues promueven la biodiversidad y crecen sin agro-químicos además de proveer de cosechas todo el año. Los nuevos modelos de agricultura que la humanidad necesita incluye métodos de cultivo más ecológicos, biodiversos, locales, sustentables y socialmente justos. Ellos se cimentan en el concepto ecológico de la agricultura tradicional a pequeña escala representando ejemplos establecidos de una exitosa agricultura local y comunitaria. Estos sistemas han alimentado al mundo por centurias y continúan haciéndolo en muchas partes del planeta (6)
Afortunadamente miles de pequeñas granjas tradicionales aún existen en zonas rurales del tercer mundo. La productividad y sustentabilidad de tales agro-ecosistemas pueden optimizarse con métodos agroecológicos para sentar las bases de la soberanía alimentaria, definir el derecho de cada nación o región de mantener su capacidad de producir cultivos básicos de alimentación con la correspondiente diversidad productiva y cultural. El emergente concepto de la soberanía alimentaria enfatiza el acceso del agricultor a las tierras, semillas y agua, enfocándose en una autonomía local, mercados locales, ciclos locales de producción y consumo, soberanía energética y tecnológica, y una red de inter-relación entre los agricultores.
Los pequeños productores como protagonistas claves para la Seguridad Alimentaria Regional
En Latinoamérica habían aproximadamente 16 millones de unidades regionales de producción al final de los 80, ocupando cerca de 60.5 millones de hectáreas – 34.5 por ciento del total de las tierras cultivadas. La población agrícola incluía 75 millones de personas representando dos tercios de la total población rural de Latinoamérica. El tamaño promedio de estas unidades es de 1.8 hectáreas, y aún la contribución de la agricultura rural a la alimentación de la región es muy significativa. Estas pequeñas unidades de producción eran responsables del 41 por ciento de la producción agrícola para consumo doméstico y de producir a nivel regional 51 por ciento del maíz, 77 por ciento de las legumbres y 61 por ciento de las papas (7). La contribución a la seguridad alimentaria de estos pequeños productores es hoy tan crucial como lo era hace 25 años.
África tiene aproximadamente 33 millones de pequeñas granjas representando el 80 por ciento del total de la región. La mayoría de agricultores africanos (muchos de ellos mujeres) son pequeños productores con dos tercios de todas las granjas de menos de 2 hectáreas y 90 por ciento de granjas de menos de 10 hectáreas. La mayoría de pequeños productores practican una agricultura de “bajos recursos”, basada principalmente en el uso de recursos locales y un uso austero de insumos externos. Esta agricultura de bajos recursos produce la mayoría de los granos, casi todas las raíces, tubérculos y platanales, y la mayoría de legumbres. La mayoría de los cultivos básicos de alimentación son producidos por pequeños agricultores que prácticamente usan poco o ningún fertilizante y semillas mejoradas (8). Sin embargo la situación ha cambiado en las últimas dos décadas en que la producción per cápita ha disminuido en África. Antes autosuficiente en cereales, ahora África importa millones de toneladas para completar la diferencia. A pesar de este incremento en importaciones, los pequeños agricultores aún producen la mayor parte de los alimentos de África.
En Asia, solo China cuenta con la mitad del total de pequeñas granjas del mundo (en 193 millones de hectáreas), seguido por India con 23 por ciento, e Indonesia, Bangladesh y Vietnam. De la mayoría de los más de 200 millones de agricultores de arroz que viven en Asia, pocos cultivan más de 2 hectáreas de arroz. China tiene posiblemente más de 75 millones de productores de arroz que aún usan métodos similares a los que se usaban mil años atrás. Los cultivos locales que crecen en ecosistemas de tierras altas y/o utilizando las lluvias, constituyen el total del arroz producido por los pequeños agricultores de Asia (9).
Las pequeñas granjas son más productivas y conservan recursos.
Aunque existe la creencia que las granjas familiares son anticuadas y de poca producción, estudios demuestran que estas son más productivas que las más grandes, si se considera la producción total en vez del rendimiento total de solo un cultivo. Los rendimientos de maíz en el sistema tradicional de México y Guatemala son de 2 toneladas de maíz por hectárea o más o menos 4´320,692 calorías, suficientes para cubrir las necesidades alimenticias anuales de una familia de 5 a 7 personas. En 1950 las chinampas de México (siembra en lagos de poca profundidad o pantanos) tenían un rendimiento de maíz de 3.5 – 6.3 toneladas por hectárea. En ese entonces era la máxima producción por hectárea de México comparado al rendimiento de maíz en EUA en 1955 de solo 2.6 toneladas por hectárea, y no supero la marca de 4 toneladas por hectáreas hasta 1965 (10). Cada hectárea de las chinampas que aún quedan puede producir alimentos para unas 15 a 20 personas al año a un nivel moderno de subsistencia.
Tradicionales sistemas de cultivos múltiples proveen hasta un 20 por ciento del suministro mundial de alimentos. Policultivos constituyen al menos 80 por ciento de las áreas cultivadas del Oeste de África, mientras la mayor producción de los cultivos básicos en zonas tropicales de Latinoamérica también ocurre en policultivos. Estos sistemas de agricultura diversificada en que el agricultor a pequeña escala produce, granos, frutas y vegetales, forraje y alimento animal en el mismo campo, superan el rendimiento por unidad de un monocultivo, como es el caso del maíz cultivado a gran escala. Una gran granja puede producir más maíz por hectárea que una pequeña donde el maíz se cultiva como parte de un policultivo que también incluye frijoles, calabazas, papas y forraje. Pero la productividad, en términos de productos cosechados por área unitaria de policultivos desarrollada por pequeños productores, es más alta que un monocultivo con el mismo nivel de manejo. Las ventajas de rendimiento pueden ser de 20 a 60 por ciento, pues los policultivos reducen las pérdidas que se pudieran ocasionar por las maleza, insectos y enfermedades (por la presencia de múltiples especies) y hace un uso más eficiente de los recursos como el agua, la luz y los nutrientes (11).
Manejando menos recursos más intensivamente, los pequeños agricultores pueden obtener más ganancias por unidad de producción y así aumentar las ganancias totales, aún cuando la producción de cada cultivo sea menor (12), en general la granja diversificada produce más alimentos. En EUA las granjas pequeñas de solo dos hectáreas producen $15,104 por hectárea y cerca de $2,902 netos por hectárea. Las granjas más grandes con un promedio de 15,581 hectáreas rinden $249 por hectárea y un neto de $52 por hectárea. No solo las granjas de pequeña y mediana escala tienen más altos rendimientos que las más grandes y convencionales de gran escala, también causan menores impactos negativos al medio ambiente, pues los estudios demuestran que las pequeñas granjas cuidan mejor los recursos naturales, incluyendo la reducción de la erosión y la conservación de la biodiversidad. Sin embargo, una parte importante de los mayores ingresos por hectárea del pequeño productor en EUA es la eliminación de los intermediarios y la venta directa al público, restaurantes o mercados. También existe la tendencia a cobrar más altos precios por cultivos locales y usualmente orgánicos.
La inversa relación entre el tamaño de la granja y la producción puede atribuirse al uso más eficiente de la tierra, agua, biodiversidad y otros recursos por los pequeños agricultores. Así en términos de convertir insumos en productos, las sociedades se beneficiarían más con productores a menor escala. Edificando economías sólidas en el cono Sur basadas en la agricultura productiva de menor escala, permitirá a la población del Sur mantener la unión familiar en las zonas rurales. Esto evitará la migración a los barrios pobres de las ciudades que carecen de suficientes oportunidades de empleos. Según la población mundial continúe creciendo, la redistribución de las tierras puede ser vital en alimentar el planeta, especialmente cuando la agricultura a gran escala está destinada a alimentar carros y animales a través de la siembra creciente de agro-combustibles
Las pequeñas granjas representan un santuario de agro-biodiversidad libre de organismos genéticamente modificados
Tradicionalmente las granjas a pequeña escala tienden a sembrar una variedad de cultivos. Muchas de estas plantas son autóctonas, mucho más heterogéneas que las variedades modernas de semillas heredadas de generación en generación. Estas variedades ofrecen mejores defensas ante la vulnerabilidad y fortalece la seguridad de las cosechas ante las enfermedades, plagas, sequías y otras amenazas (13). En una encuesta mundial de variabilidad en pequeñas granja relacionadas a 27 cultivos, científicos encontraron que una considerable diversidad genética continúa manteniéndose en las granjas de cultivos tradicionales, especialmente las más básicas. En la mayoría de los casos los agricultores mantienen la diversidad como un seguro para enfrentar las necesidades futuras de cambios de medio ambiente, sociales y económicos. Muchos investigadores concluyen que la rica variedad aumenta la productividad y reduce las variantes en los rendimientos. Dada la penetración de los cultivos transgénicos en los centros de diversidad, está el hecho de que cualidades importantes para los agricultores nativos (resistencia a la sequías, habilidad competitiva, comportamiento en sistemas de policultivos, calidad de almacenamiento, etc.), puedan ser reemplazadas por cualidades transgénicas (como la resistencia a los herbicidas) que no son de importancia para agricultores que no usan agroquímicos (14). Bajo este escenario aumentarán los riesgos y los agricultores perderán la habilidad de producir cosechas relativamente estables con un mínimo de insumos externos en cambios medio ambientales. Los impactos sociales por las pérdidas de cultivos locales que resulten de los cambios de la integridad genética de las variedades locales por la contaminación genética, pueden ser considerables a los márgenes de los países en desarrollo.
Es crucial que se protejan las áreas de agricultura rural libres de contaminación con cultivos genéticamente modificados. Mantener centros de diversidad genética, geográficamente apartados de toda posibilidad de un cruce de polinización o contaminación genética con los cultivos transgénicos y uniformes, creará “islas” de fuentes genéticas intactas que salvaguarden cualquier fracaso ecológico derivado de la Segunda Revolución Verde que se está imponiendo con programas como el Gates-Rockefeller AGRA en África. Estas islas santuarios genéticos, servirán como las únicas fuentes de semillas libres de modificación genética, que se necesitarán para renovar las granjas orgánicas en el Norte que inevitablemente se contaminarán por el avance de la agricultura transgénica. Los pequeños agricultores y comunidades indígenas del cono Sur, con la ayuda de científicos y ONGs, pueden continuar siendo los creadores y guardianes de una diversidad genética y biológica que ha enriquecido la cultura alimentaria de todo el planeta.
Las pequeñas granjas son más resistentes al cambio climático.
La mayoría de modelos de cambios climáticos predicen los daños que desproporcionadamente afectarán las regiones pobladas por pequeños productores, especialmente a agricultores que dependen de lluvias en el tercer mundo. Sin embargo modelos existentes proveen una aproximación somera de efectos esperados y ocultan la enorme variabilidad en estrategias internas de adaptación. Muchas comunidades rurales y hogares agrícolas tradicionales, a pesar de las fluctuaciones del clima, parecen ser hábiles en bregar con extremos climáticos (15). De hecho muchos agricultores lidian y hasta se preparan para los cambios climáticos, minimizando el fracaso de los cultivos con el creciente uso de variedades locales resistentes a las sequías, captación de agua, plantación extensiva, cultivos mixtos, agro-forestería, escarda oportunista, recolección de plantas silvestres, y una serie de otras técnicas tradicionales de sistemas agrícolas (16).
En tradicionales agro-ecosistemas, la prevalencia de complejos y diversificados sistemas de cultivo es de vital importancia para la estabilidad de los sistemas agrícolas rurales, logrando que los cultivos alcancen respetables niveles de producción en medio de condiciones estresantes de medio ambiente. En general los agro-ecosistemas tradicionales son menos vulnerables a las pérdidas catastróficas, pues se siembra una amplia variedad de cultivos en una variedad de arreglos espaciales y temporales. Investigadores han encontrado que los policultivos de sorgo/maní y mijo/maní exhibieron mayor estabilidad en el rendimiento y menos bajas de producción en sequías a diferencia de los monocultivos.
Una forma de expresar estos resultados experimentales en términos de sobre-rendimiento – ocurre cuando dos ó más cultivos crecen juntos y rinden más que cuando crecen solos – (ej., cuando una hectárea de sorgo y maní rinde más que media hectárea de solo sorgo y media hectárea de solo maní). Todos los cultivos intercalados sobre-rindieron consistentemente en 5 niveles de disponibilidad de humedad fluctuante entre 297 y 584 mm de agua aplicada durante el tiempo de cultivo. Curiosamente, el grado de sobre-rendimiento aumentó con menos agua, de tal manera que las relativas diferencias de productividad entre los monocultivos y policultivos son más acentuadas si las limitaciones aumentan (17). Muchos agricultores siembran cultivos en diseños agroforestales y la sombra de los árboles protegen los cultivos de fluctuaciones extremas de microclimas y humedad. Los agricultores influyen en el micro-clima reteniendo y plantando árboles, los que reducen la temperatura, la velocidad del viento, evaporación y exposición directa a la luz solar que interceptan el granizo y la lluvia. En agro-ecosistemas de café en Chiapas, México, se encontró que las fluctuaciones de temperatura, humedad, y radiación solar incrementaban significativamente si se aminoraba la sombra, indicando que la sombra está directamente relacionada a la mitigación de la variedad de micro-climas y humedad del suelo en el cultivo del café (18).
Encuestas realizadas en las laderas, luego que el huracán Mitch azotara Centro América en 1998, demostraron que los agricultores que usaban prácticas sustentables, como el cultivo de la leguminosa “mucuna”, intercultivos y agro-forestería, sufrieron menos daños que sus vecinos convencionales. El estudio que abarcó 360 comunidades y 24 departamentos de Nicaragua, Honduras y Guatemala, reveló que las parcelas diversificadas tenían 20 a 40 por ciento más capas de superficie, mayor humedad, menos erosión y sufrieron menos pérdidas económicas que sus vecinos convencionales (19). Esto señala el hecho que una re-evaluación de las técnicas nativas pueden servir como una vital fuente de información en la capacidad de adaptación y resistencia mostrada por las pequeñas granjas – características de importancia estratégica para que los agricultores del mundo enfrenten los cambios climáticos. Adicionalmente las tecnologías nativas frecuentemente reflejan una visión global y un entendimiento a nuestra relación al mundo natural, más realista y más sustentable que para los herederos del hemisferio europeo.
Mejorando la productividad de pequeños sistemas agrícolas a través de la Agroecología.
A pesar de la evidencia de las ventajas en resistencia y productividad de sistemas agrícolas tradicionales y de pequeña escala, muchos científicos, especialistas en desarrollo y organizaciones argumentan que el desarrollo de la agricultura sustentable no es satisfactorio y que la intensificación de la producción agroquímica y transgénica es esencial en la transición de la subsistencia a la producción comercial. Aunque esos métodos de intensificación han fracasado, la investigación indica que los cultivos tradicionales y las combinaciones de animales pueden adaptarse para incrementar la productividad. Este es el caso en que los principios ecológicos son usados en el rediseño de pequeñas granjas, mejorando el hábitat de tal manera que promueva el crecimiento de plantas saludables, combata las plagas y promueva organismos beneficiosos usando prácticas y recursos locales más eficientemente.
Varios estudios han documentado ampliamente que los pequeños agricultores pueden producir muchos de los alimentos que se necesitan en las comunidades rurales y urbanas, en medio de los cambios climáticos y exuberantes costos de energía (20). La evidencia es concluyente: nuevos enfoques agroecológicos y tecnología conducida por agricultores, ONGs, y algunos gobiernos locales de alrededor del mundo, están ya haciendo una suficiente contribución a la seguridad alimentaria a nivel familiar, regional y nacional. Una variedad de procedimientos agroecológicos y participativos en muchos países han mostrado resultados positivos, aún bajo condiciones ambientales adversas. Potenciales incluyen: aumento del rendimiento del cereal de un 50 a un 200 por ciento, mayor estabilidad de la producción mediante la diversificación, mejoras de dietas y salarios, contribución a la seguridad alimentaria nacional (y aún a las exportaciones), y la conservación de los recursos naturales y la biodiversidad. Esta evidencia ha sido reforzada por un reciente informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, que indica que la agricultura orgánica puede promover la seguridad alimentaria de África. Basándose en un análisis de 114 casos en África, el reporte reveló que la conversión de las granjas a métodos de producción orgánica o casi orgánica incrementa la productividad agrícola en un 116 por ciento.
Más aún, un cambio a sistemas de producción orgánica deja un impacto duradero, edificando niveles de capital natural, humano, social, financiero y físico en las comunidades agrícolas. La Evaluación Internacional de Conocimientos Agrícolas, Ciencia y Tecnología (AKAST siglas en Inglés), comisionada por el Banco Mundial y la Organización Mundial de Alimentos (FAO siglas en Inglés) de las Naciones Unidas, recomendó que incrementar el fortalecimiento de la AKST hacia las ciencias agroecológicas contribuirá a abordar el problema de medio ambiente manteniendo e incrementando la productividad. La evaluación también señala el conocimiento de los sistemas tradicionales y locales que mejoran la calidad de la tierra, la biodiversidad, así como el manejo de los nutrientes, plagas y agua, además de la capacidad de responder a los problemas ambientales como el clima.
La realización y la expansión de las innovaciones agroecológicas dependen de varios factores y mayores cambios en las leyes instituciones y métodos de investigación y desarrollo. Las estrategias agroecológicas propuestas deben estar dirigidas deliberadamente a los pobres, y no solo al incremento de la producción y la conservación de recursos naturales. Pero ellas también deben generar empleos y proveer acceso a los insumos locales y a los mercados locales. Todo serio intento en desarrollar tecnologías agrícolas sustentables debe aportar los conocimientos y las habilidades locales en el proceso de investigación (21). Debe prestarse especial atención a los agricultores en la formulación de la agenda de investigación y en su participación activa en el proceso de innovación tecnológica y propagación, a través de modelos de Campesino a Campesino que se centran en el intercambio de experiencias, el fortalecimiento de la investigación local, y la capacidad para resolver problemas. El proceso agroecológico requiere la participación y la mejora de la alfabetización ecológica de los agricultores sobre sus tierras y recursos, sentando las bases para el fortalecimiento y continua innovación de las comunidades rurales (22).
Oportunidades equitativas de mercado también deben ser desarrolladas, haciendo hincapié en la comercialización local y sistemas de distribución, precios justos, y otros mecanismos que vinculen a los agricultores más directamente y con mayor solidaridad con el resto de la población. El último reto es aumentar la inversión y la investigación en agroecología y ampliar los proyectos que ya han demostrado su eficacia a miles de agricultores. Esto generará un impacto significativo en los ingresos, seguridad alimentaria, medio ambiente y el bienestar de toda la población, especialmente de aquellos pequeños agricultores que se han visto negativamente afectados por la política y tecnología de la agricultura moderna y la penetración profunda de la agroindustria multinacional en el tercer mundo (23).
Movimiento Social Rural, Agroecología y Soberanía Alimentaria
El desarrollo de la agricultura sostenible exigirá importantes cambios estructurales, además de la innovación tecnológica, redes de agricultor a agricultor y de agricultor a la solidaridad del consumidor. El cambio necesario es imposible sin movimientos sociales que creen voluntad política entre los ejecutantes de las leyes para desmantelar y transformar las instituciones y regulaciones que actualmente frenan el desarrollo agrícola sustentable. Una transformación más radical de la agricultura es necesaria, una guiada por la noción que el cambio ecológico en la agricultura no puede ser promovida sin cambios similares en el campo social, político, cultural y económico que ayuden a definir la agricultura.
Los movimientos agrícolas organizados de campesinos e indígenas – como el movimiento internacional La Vía Campesina y el Movimiento Sin Tierra (MST) de Brazil – han sostenido durante mucho tiempo que los agricultores necesitan tierra para producir alimentos para sus propias comunidades y para su país. Por esta razón, han abogado por verdaderas reformas agrarias para el acceso y control de la tierra, el agua y la biodiversidad que son de vital importancia para las comunidades con el fin de satisfacer la creciente demanda de alimentos.
Vía Campesina cree que para proteger la subsistencia, el empleo, la seguridad alimentaria de la población y la salud, así como el medio ambiente, la producción de alimentos debe mantenerse en manos de agricultores a menor escala y sustentables y no puede dejarse bajo el control de las grandes compañías de agro-negocios o cadenas de supermercados. Sólo cambiando el modelo agrícola de exportación, de libre comercio e industrial de las grandes granjas, se puede detener el espiral descendente de la pobreza, bajos salarios, la migración rural-urbana, el hambre y la degradación del medio ambiente. Los movimientos sociales rurales amparan el concepto de soberanía alimentaria como una alternativa a la posición neoliberal que pone su fe en un comercio internacional injusto para resolver el problema mundial de alimentos. En cambio, se centra en la autonomía local, los mercados locales, los ciclos de producción y consumo local, soberanía energética y tecnológica, y redes de agricultores.
“Reverdear” la Revolución Verde no será suficiente para reducir el hambre, la pobreza y conservar la biodiversidad. Si las causas fundamentales del hambre, la pobreza y la desigualdad no se confrontan, las tensiones entre el desarrollo social equitativo y la conservación ecológica forzosamente se acentuarán. Los sistemas de agricultura orgánica que no desafíen la naturaleza de monocultivos de las plantaciones y dependencia de insumos externos, así como de sellos de certificación foráneos y costosos, o sistemas de comercio justo destinado sólo para la agro-exportación, ofrecerán muy poco a los pequeños agricultores que se han hecho dependientes de insumos externos y de volátiles mercados extranjeros. Manteniendo a los agricultores dependientes de métodos de sustitución por agricultura orgánica, perfeccionando el uso de insumos hace poco para llevar a los agricultores hacia el re-diseño productivo de ecosistemas agrícolas que los aleje de la dependencia de insumos externos. Los nichos de mercado para los ricos del Norte muestran los mismos problemas de cualquier esquema agro-exportador que no le dé prioridad a la soberanía alimentaria, perpetuando la dependencia y el hambre.
Los movimientos sociales rurales entienden que desmantelar el complejo industrial agroalimentario y restaurar el sistema local alimentario, debe ir acompañado de la construcción de alternativas agroecológicas que satisfagan las necesidades de los productores en pequeña escala y de la población no agrícola de bajos ingresos, y que se oponga al control corporativo sobre la producción y el consumo. Dada la urgencia de estos problemas que afectan a la agricultura, se necesitan coaliciones, que rápidamente fomenten la agricultura sostenible entre los agricultores, organizaciones de la sociedad civil (incluyendo consumidores), así como organizaciones relevantes comprometidas a la investigación. Avanzar hacia una agricultura socialmente justa, económicamente viable y ambiental será el resultado de una acción coordinada del emergente movimiento social en el sector rural, en alianza con organizaciones de la sociedad civil que se comprometan a apoyar los objetivos de estos movimientos de agricultores. Como resultado de una presión política y constante de los agricultores organizados y otros, se espera que los políticos se hagan más sensibles al desarrollo de leyes que mejoren la soberanía alimentaria, preserven los recursos naturales y garanticen la equidad social y la viabilidad económica agrícola.
Referencias
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